Libro Ayni
Para mí, este 17 de mayo. El otro Uchuraccay. Memoria para el Allin Kawsay es un Libro Ayni, porque durante todo el camino se sustentó en la ayuda mutua y en la faena y, sobre todo, porque como dijo Teófilo Velásquez lo más bonito que tiene Huayncancha es eso: el ayni. En este proceso de escritura nos ayudamos los unos a los otros, dando y recibiendo entre todos, como iguales. Se hizo así porque, de otra manera, creo, habría sido imposible.
En este libro se cuenta una historia, la de la Comunidad de Huaynacancha; pero tiene, además, la condición especial, creo, de que en él se unieron varias historias.
Primero, la de la Comunidad. Luego, la de Angelit Guzmán; la de Yesenia Montes; la de Mizael Lunazco; la de todos los chicos y chicas voluntarios; la de la Pontificia Universidad Católica del Perú y, por último, la mía.
Escribo estas palabras porque me parece oportuno contar lo que ha quedado fuera de las páginas impresas, sobre todo, el cómo nació esta obra.
Cuento esto porque me han preguntado mucho cómo se hizo el libro, puesto que ese proceso no está relatado dentro de él, salvo una breve mención de Angelit en el epílogo: «Memoria que canta».
Varias personas me ha sugerido que sería bueno detallar ese camino, escribirlo. Tal vez para una segunda edición, me han dicho. Ante esto, he respondido siempre que no es mi decisión. El libro es tal y como está porque la Comunidad de Huaynacancha así lo quiso.
Quisiera aclarar algo, que de tanto repetirlo, me he visto obligado a escribir este texto.
17 de mayo. El otro Uchuraccay. Memoria para el Allin Kawsay no es un libro académico y tampoco pretende serlo. No es un libro de Historia, aunque sí quiere contar una. Tampoco sé si podría calificarse como un «libro de la Memoria», porque tiene matices que no lo permiten. La verdad, yo mismo no sé qué es. Lo que mejor lo define para mí, después de meditarlo, es lo que he dicho antes: es un libro ayni.
¿Cómo empezó todo?
El año 2023, Angelit Guzmán, quien entonces era docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, durante su curso «Psicología, exclusión e inclusión social» —gracias a la Dirección Académica de Responsabilidad Social de la universidad que propició el encuentro con la Comisión Multisectorial de Alto Nivel (CMAN) de Ayacucho— llegó para hacer un trabajo con sus alumnos a la Comunidad de Huaynacancha.
Durante este encuentro, nació entre la Comunidad y Angelit un vínculo que se fue anudando con el tiempo.
Angelit, o Angie como yo la llamo por los más de 20 años de amistad que nos une, recogió en sus diferentes visitas lo que la gente quería.
«Ya. De memoria, que exista una historia»
«Que exista, que estudien un libro, ¿no? Una memoria para leer».
«La historia, pues, la historia… ¿Cómo han venido las violencias? ¿Por qué?, ¿quién fue el organizador y cómo?, ¿quién ha sido pagano? Eso queremos...».
Ante lo que decían, Angie quiso saber más.
Nicanor Santiago, el presidente de la Comunidad, dio su palabra: «Ahora me comprometo a organizar con la población de Huaynacancha para crear nuestra decisión qué es memoria».
¿Por qué?
Uno de los primeros motivos que le fueron confiando a Angie para hacer el libro fue el asesinato de los periodistas en Uchuraccay. Por ese hecho, a todos los del distrito los califican de terroristas, de revoltosos, de salvajes, de asesinos… Otro motivo es que a Huaynacancha casi nadie la conoce. Muchos ni saben dónde está. Al ser una comunidad pequeña, se sienten abandonados u olvidados, y es como si no existiesen.
Durante los distintos viajes y las actividades, Angie trabajó con Yesenia Montes y Mizael Lunazco en la elaboración de un libro cartonero titulado Quwipampa: el pueblo que no dejó de luchar.
Esto, creo, fue lo que hizo nacer la idea de que se podía hacer un libro en Comunidad.
Un libro que, todavía estaba lejos, pero ya era un horizonte.
Primeros pasos
Como dije antes, con Angie nos une una amistad de largos años. Ella me invitó a editar cuando yo solo era un estudiante de ingeniería al que le gustaba escribir. Con ella hicimos varias publicaciones donde fui aprendiendo en la práctica lo que era la edición.
Entonces, debido a esa amistad que es casi familiar (la familia, ya saben, cuando se sabe familia, se ve poco, apenas lo justo, ya sea por trabajo, viajes, etc., pero que cuando se reúne es una celebración eucarística), nos reunimos por lo general una dos veces al año.
Así fue como nos encontramos para almorzar Angie, una amiga en común y yo en noviembre del 2023. En ese encuentro, cuando cada uno iba poniendo al día a los demás sobre sus actividades, yo conté acerca de una publicación (Relatos fascinantes de Huanca Sancos) que había realizado con cerca de 500 niños entre 6 y 12 años en Ayacucho —entre los pueblos con los que trabajé se encontraba Santiago de Lucanamarca que había sido masacrada por Sendero Luminoso en abril de 1983—. Los cuentos de dicha colección eran colectivos e ilustrados de la misma forma por los pequeños y pequeñas. Ante eso, aunque Angie ya me había hablado antes de Huaynacancha, me comentó que la Comunidad quería hacer su libro y me pidió consejos. Se los di, por su puesto, y añadí que si necesitaba algún apoyo, podía contar conmigo.
Todo comienza
Un mes después, ella me llamó. Me dijo que la Comunidad quería hacer realidad su libro, pero no lo querían cartonero, sino impreso para que estuviese en bibliotecas, en universidades, se pudiera comprar y leer en todas partes. Angie me preguntó si podía tomarme la palabra y si tendría el tiempo para acompañarles en ese proceso. Respondí que sí, que me sumaba; lo prometido es deuda, añadí. Pero ella me dijo que esperara un momento. Me indicó que primero debía hablar con la Comunidad para que ellos me aceptaran.
Vale la pena señalar que la comunicación con la Comunidad no siempre es fácil e inmediata. Es difícil comunicarse con la Comunidad. En Huaynacancha el internet es casi nulo. Además, no siempre ven el móvil, porque están trabajando en el campo o en faenas comunales, y pueden estar sin comunicación por días o semanas.
Fue, más o menos, la quincena de enero, cuando Angie me dijo que la asamblea comunal me aceptaba para apoyar en la creación del libro. Pero, antes, debía reunirme con ellos, para que me conociesen, de momento de manera informal y virtual, aprovechando que estaban los líderes en Huanta y tenían conexión a internet.
Debo agregar aquí un detalle: Este libro fue hecho porque la voluntad de muchos se hizo una, la de la Comunidad. No hubo salarios ni emolumentos. Angie le dedicaba el tiempo que le robaba a sus quehaceres remunerativos. Yesenia y Mizael, de la misma forma. Los estudiantes que se sumaron como voluntarios —debo remarcar que se sumaron por Angie y por cómo es ella—, también dieron su tiempo, su esfuerzo y más. Yo hice lo mismo.
Así empezamos.
Pequeñas dudas y el título
Tuvimos varias reuniones presenciales en el campus de la universidad, en los jardines, en alguna sala de biblioteca... Conocí a Yesenia de manera virtual en las reuniones de WhatsApp, aunque ya sabía yo de su descomunal trabajo en el medio y de su aporte en la difusión del quechua y de la lectura en zonas de difícil acceso en Ayacucho.
Hablé en muchas ocasiones con Angie, con Yesenia, Mizael y con los chicos estudiantes de la forma en que yo solía trabajar la edición, de cómo había hecho el último trabajo con los niños en Huanca Sancos, de lo que más o menos intuía —por lo poco que habíamos conversado con la Comunidad— sobre lo que querían.
Mientras tanto, la situación de violencia y política era muy mala —hoy, en noviembre 2025 cuando escribo esto, se vive peor—. Había —y hay— un constante «terruqueo», es decir, el calificar de «terroristas de Sendero Luminoso» a todo aquel que se una a causas sociales y, peor, si son con poblaciones campesinas o quechua hablantes.
Esto me hizo dudar.
Durante un almuerzo, Caleb Meza, esposo de Angie, nos advirtió de los peligros que implicaba ir a Ayacucho, cerca del VRAEM, para hacer un libro sobre el Conflicto Armado Interno, un tema que hasta hoy sigue siendo imposible de reconocer o siquiera mencionar para bastante gente. Hasta mencionar o decir esas tres palabras, es motivo de censura o de algo peor.
Durante aquella conversación hablamos bastante de las precauciones a tener, y ya cuando todo se hizo más distendido, nos decantamos incluso por ver cómo podríamos enfrentar el posible título del libro.
La Comunidad de Huaynacancha siempre había dicho que el asesinato de los periodistas, era otra cosa. Que ellos eran otro pueblo, que aunque uchuraccaínos, ellos eran otros y que les masacraron por decirle «No» a los terroristas de Sendero Luminoso. Al recordar esto en la conversación, Caleb sugirió que debíamos enfocarnos en hacer ver que el libro hablaba de «otro Uchuraccay». Fue de esta manera que surgió lo que después llegaría ser el título.
A Angie y a mí nos gustó. Ella lo consultó con la Comunidad, y dijeron que sí, que eso era justo lo que siempre decían.
La PUCP
Aún con dudas por lo que se vivía de violencia social y política, Angie postuló la propuesta de «El Otro Uchuraccay» para la elaboración del libro a un concurso dentro de la Universidad. Específicamente lo hizo al Fondo de Responsabilidad Social Universitaria de la PUCP 2024 de la Dirección Académica de Responsabilidad. El proyecto resultó ganador y los recursos, básicamente fueron para pagar los pasajes terrestres hasta Huayncancha durante unos pocos días, alimentación, estadía en un hospedaje cerca de la Comunidad, el alquiler de un pequeño bus para que esté a nuestra disposición para transportarnos a los estudiantes, a Yesenia, Mizael, Angie y mí todo el tiempo dentro de las cercanías de la Comunidad, imprimir algunas fotocopias…
Durante ese tiempo, la Comunidad nos enviaba información por medio de Angie.
El cerro Sangaqasa
El 15 mayo de 2024 por la noche salimos de Lima y emprendimos el viaje hacia Huaynacancha. Los chicos estudiantes no pudieron ir por un impedimento que dio la universidad. Así que, al final, viajamos solo Angie, uno de los chicos voluntarios que ya era egresado y yo. En Huamanga nos reunimos con Yesenia y Mizael en lo que es su fabulosa Asosiación Puriyninchik a donde llegó el bus contratado.
El bus tenía una capacidad para veinte personas, pero por lo ya dicho, subimos solo seis. Así partimos para Huaynacancha y llegamos el 16 de mayo cerca de las 5:00 pm.
Aquel día, debido a la hora, apenas pudimos hablar con los que nos recibieron. Apenas los saludos, el conocerse de vista y poco más. Al oscurecer, nos retiramos en el bus a otro centro poblado donde estaba nuestro hospedaje.
Al día siguiente, el 17 de mayo, llegamos cerca de las 7:00 a.m. a Huaynacancha. Nos recibieron vestidos de fiesta. El tiempo indicaba lluvia. Las nubes cargadas y grises estaban bajas, ya sobre nosotros. Tocó esperar casi dos horas para que se acercara el alcalde en su camioneta. Más temprano había llegado a acompañarnos Maricela Quispe del CMAN de Ayacucho.
La memoria
Cerca de las 10 de la mañana subimos al cerro Sangaqasa. Un poblador me dijo, «como no te conoce, el cerro te está recibiendo así, con aguacero. No le gustan los extraños». Al llegar a la cima, la lluvia siguió fuerte. En lo más alto, estaban alegres todos porque inauguraban su lugar de la memoria. Era una pequeña capilla que habían construido en faena durante varios días al mismo estilo de sus casas en 1983. Frente a la capilla estaba una cruz blanca y tres placas de mármol, una de la Municipalidad de Uchuraccay, otra del CMAN y otra la agrupación que Angie había formado con sus estudiantes voluntarios en los que habían inscrito el nombre de todas las víctimas de 1983.
Los primeros testimonios
Ese día, Angie, Yesenia, Mizael y yo nos volcamos a recabar testimonios. Empezamos a grabar a todos los que podíamos.
Una dificultad que no contemplé es que Nicanor y varios pobladores ya habían adelantado testimonios a Angie durante el año 2023. Todo eso estaba grabado y guardado en audios que había podido revisar. Audios a los que pude acceder recién cuando me aceptó la Comunidad.
Por eso es que Nicanor Santiago, el presidente de la Comunidad y algunos otros objetaron al principio el porqué quería pedir más testimonios. «Si ya lo tienen, papá. Todito ya lo tienen. Con eso ya está…». Les comenté —siempre con ayuda de Yesenia y Mizael, porque yo no hablo quechua— que si bien todos aquellos audios nos servían, no estaban orientados a hacer el libro. Que fueron dados bajo otro contexto y en ellos se hablaba de otras cosas, no estrictamente de su historia. No sin ciertos reparos, aceptaron lo que dije. Sobre todo, porque en el cerro Sangaqasa, el momento en la capilla con las velas recordando a los fallecidos había sido muy emotivo.
Debido al ruido por el viento y el bullicio que imperaba, para tratar de captar mejor el audio de las personas, nos introdujimos en el bus con las personas que quisieran libremente dar su testimonio.
Entonces, de pronto, notamos que se formó cola y muchas mujeres mayores tocaban la puerta del bus para entrar y poder contarnos sus testimonios. «También queremos hablar», decían ante lo que respondimos pidiendo paciencia y que íbamos a entrevistar a todos.
Fue entonces cuando sucedió lo que mejor podía pasar: Decidieron ellos, los deudos y supervivientes que estaban afuera, y quien estaba adentro con nosotros que lo ideal era hablar todos juntos. Que juntos querían contar, corregirse, añadir… Así, contar en comunidad. Eso querían…
Así nació —lo entendí después—, la forma que debía tener el libro en su forma escrita.
Dudas razonables
Esa noche, en el hospedaje ya, entre nosotros nomás, expresé la gran preocupación que me había surgido de pronto, poco antes nomás.
Había yo escuchado ya varias veces a algunos pobladores que hablaban castellano que decían refiriéndose a mí «él es el escritor», «es el escritor que va a escribir el libro»…
Aún más. Ese mismo día, cuando ya había oscurecido y estábamos por partir hacia el hospedaje en el bus, tuve una pequeña pero breve conversación con Nicanor que escribo ahora según mi memoria:
—Papá, vas a tener cuidado… —me sonrió porque es muy bromista.—¿De qué…?—Tienes que escribir sin faltas ortográficas, pe… El libro debe salir bien bonito.Yo le sonreí nervioso, no por lo referente a la ortografía sino por lo otro:—Yo no voy a escribir el libro, Nicanor…—…—Con los testimonios de ustedes, lo voy a editar y dar forma para que sea su libro. El libro lo tienen que hacer ustedes…—Nosotros, no, pues, papá… Quechua hablantes somos. Todos. Algunos, ya has visto, ni tienen letra…—Por eso, Nicanor, con lo que han dicho, con los audios que hemos grabado…—No, pues… No, no… papá. Tú tienes que escribir… Nosotros no somos escritores… Algunos ni saben escribir. Ni en quechua… Peor los mayores que son sobrevivientes…—Por eso, Nicanor, con los audios yo puedo darle…—Mira, papá… Entiende… Nosotros queremos que el libro se escriba, pero contarlo nosotros… ¿Te das cuenta?
Este pequeño diálogo se lo referí al grupo en el hospedaje. Les dije que yo había ido con la idea de editar, de dar forma a sus testimonios en audio y con eso construir el libro; que yo no había ido para escribirlo. Que eso era una cosa totalmente diferente y que no estaba en las condiciones de hacerlo.
Mis objeciones se las señalé:
- No soy quechua hablante.
- Mi castellano es mestizo, criollo, de Lima, sobre todo.
- En mi forma de hablar y de escribir hay rasgos quechuas y aymaras (de los cuales me doy cuenta sobre todo cuando corrijo mis textos). A eso se suma los muchos años vividos en Madrid que me han agregado unos trazos adicionales propios de España.
- Con todo eso a cuestas, además, de sumar mi visión del mundo que aunque tiene por herencia algo de andina (de Huancayo y de Puno), no está cerca en absoluto de la cosmovisión de los pobladores de Ayacucho y, menos, de Huaynacancha.
- Por último, mi objeción más fuerte fue: Yo tengo una forma de escribir y no sé si voy a ser capaz de hacer lo que están pidiendo.
Las 6 pedidos
Al día siguiente, temprano, a las 7:00 am nos encontramos con en la Casa Comunal. En ese momento, Nicanor me detalló lo que querían:
- Debía ser escrito en castellano, pero ser contado por ellos.
- Debía ser claro, preciso y sencillo. Los lectores que ellos esperaban en primer lugar eran sus hijos y las generaciones siguientes. Por eso el lenguaje debía ser fácil. Y sin faltas de ortografía porque no querían que sus hijos aprendiesen mal el castellano. Menos de su libro. También debían poder leerlo la gente de las comunidades vecinas. La gente de las ciudades. La gente de fuera del Perú. Todos debían entender su libro. Todos deberían ser capaces de conocerlos a través del libro. Todos.
- Debía hacer que el mundo supiera dónde estaban ellos, en qué lugar vivían. Debía, por eso, tener mapas, fotos del pueblo, de los que hablaban.
- Debía contar su historia, toda su historia, desde los tiempos antiguos, hasta lo último.
- Debía verse bien que su memoria y que todo lo estaban haciendo por el Allin Kawsay.
- Debía ser muy bonito.
Tomamos más testimonios esa mañana, firmamos un acuerdo con la Comunidad y regresamos a Lima aquella noche.
Así nació el libro.
Audios
Primer manuscrito
Pasada la primera semana de septiembre, cuando terminé el primer borrador, imprimí tres copias y regresamos Angie, Yesenia, Mizael y yo a Huaynacancha. Estuvimos con la Comunidad alojados en el local de la Municipalidad y apenas al llegar, les presentamos el manuscrito a Nicanor Santiago (el presidente de la Comunidad y gran impulsor de todo el proceso) y a Julián Romero (presidente de la Comunidad durante el retorno en 1994).
Fue en ese momento cuando les expresé mi temor de que lo que había escrito probablemente no era lo que ellos querían había pedido. «De qué tienes miedo, papá. ¿Acaso te vamos a comer?», me bromeó Nicanor. Esa tarde, leímos por primera vez el manuscrito. Yesenia y Mizael traducían varias partes, sobre todo para Julián porque Nicanor entiende y habla muy bien el castellano. Al revisar, hablaban, señalaban, opinaban, criticaban para añadir o mejorar o quitar…
Ese día acabamos tarde y nos ganó la noche.
La Asamblea
Al día siguiente, Nicanor y Julián convocaron a la Comunidad a una reunión en el Colegio de Primaria. Ahí leímos, conversamos, me escucharon, sugirieron más cambios: agregar más detalles, tomar ciertas fotos, entrevistar a más personas. Dieron nombres. Propusieron añadir lo sucedido en Patacorral, hablar del tema de cómo hacían gestiones para conseguir las cosas en Huaynacancha como por ejemplo la Posta Médica… Téofilo Velásquez y Marcelina Aguilar propusieron más fotos en el cerro Sangaqasa. Marcelina insistió en que debíamos de tomarle una foto en el lugar donde ella se arrojó para morir durante la masacre. También indicaron que las fotos debían ser mejores: del cerro, de los agujeros que cavaban allí y que se pueden ver todavía así como han quedado. Mejor foto del mausoleo, del pueblo... Indicaron que debía poder verse todo el pueblo, caminando por sus calles… «Así, bonito, bonito, debe quedar».
De nuevo al Sangaqasa
Los días siguientes, entrevistamos a las personas que nos dijeron. Por esa razón buscamos a Segundino Santiago, tío de Nicanor —hermano de su padre—, quien había presenciado lo sucedido en Patacorral. Él nos expresó su miedo de hablar porque cerca, por el VRAEM, seguía Sendero todavía activo y podría hacerles daño a ellos por hablar. Nicanor lo convenció de dar su testimonio.
Continuamos con más entrevistas y fotos, según nos indicaban.
Un día antes de regresar, Nicanor convocó a la Comunidad para que subieran al cerro Sangaqasa con nosotros. Allí tuvimos la última revisión que iba enriqueciendo ese primer escrito. Acompañados por la capilla, hubo más testimonios en la cumbre. Compartimos una comida juntos… Y pasadas unas horas, bajamos.
Esta vez hubo un muy buen tiempo. «El cerro ya te conoce», me dijeron.
De regreso a Huanta, Nicanor nos acompañó para pedirle a José Coronel que escribiera el prólogo.
Así completamos el primer borrador del manuscrito.
Allin Kawsay
Estuve escribiendo, corrigiendo, maquetando, retocando imágenes, volviendo a escuchar los audios y vídeos una y otra vez, durante un par de meses de manera exclusiva. Finalmente, terminé el libro maquetado y listo.
Lo revisaron varias veces, Angie y, sobre todo, Yesenia y Mizael. Hice las correcciones oportunas sugeridas y se le entregó a la Comunidad que tardó varios días en dar el visto bueno. Pidieron cambiar un par de nombres, una foto, incluir un documento más (el de la distritalización) y cerramos el libro.
Para la presentación vino una pequeña delegación de Huaynacancha. Para su traslado, viáticos, posada por esos días, Angie y los chicos voluntarios hicieron una serie de actividades para recabar fondos. La Pontificia Universidad Católica del Perú colaboró con los almuerzos y un bus para trasladarlos a su hospedaje.
Se hizo un conversatorio en el LUM, una presentación en un auditorio de la universidad y se hizo una pequeña feria para que los pobladores pudieran mostrar sus artesanías…
Y así fue como nació nuestro libro ayni. Así fue como aprendí a escribir de verdad en Huaynacancha: con la memoria empujando.
José Luis Torres VitolasNota: Este es un comentario final que nos hizo llegar Nicanor Santiago (Presidente de la Comunidad de Huaynacancha) sobre todos nosotros hace poco más de 20 días, casi un año después. Sus palabras son tan grandes y sencillas que profundamente me han conmovido:«Wayllukuy es cuando alguien, incluso aunque no es familia directa, ama y cuida, entonces se junta para siempre. Por ejemplo una ovejita que no tiene mamá, cuando su dueño la ama y le da de comer, la ovejita se pega para siempre, lo ama para siempre. Se aman así, cuidándose… Ese es wayllukuy. Eso nosotros hemos vivido con ustedes por eso nunca vamos a olvidarlos».